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Rudolf Allers: psicólogo católico

 

 

1. Datos Bibliográficos

2. La “psicología de las alturas”

3. Neurosis, pecado y “conflicto metafísico

4. La normalidad: orden, santidad y amor

5. Neurosis y santidad: aridez-estado y aridez-síntoma

6. Psicoterapia y conversión.

7. Conclusiones y Referencias Bibliográficas

 

Conclusión

Esperamos que esta breve exposición de algunas de las ideas de Rudolf Allers referidas a temas psicoterapéuticos sean suficientes para despertar el interés en su estudio. Nuestro autor ha escrito sobre muchos otros temas, psicológicos, filosóficos y pedagógicos, pero pensamos que lo que brevemente hemos presentado aquí constituye su aporte más personal y original.

 

Por cierto, no es necesario estar de acuerdo a la letra con todo lo que Allers dice. Se puede todavía profundizar más, completar y precisar en muchos aspectos. Pero es opinión de quien esto escribe que los planteamientos principales que aquí hemos expuesto deben ser puntos firmes y fundamentales para una psicología que quiera ser a la vez integral y eficaz.

 

Desde este punto de vista, Rudollf Allers aparece como una figura emblemática, como un autorizado ejemplo de psicólogo cristiano, que en modo valiente y sincero no se contentó con acomodarse a la mentalidad del siglo, sino que buscó siempre el acuerdo entre fe y razón. Por ello, nos parece digno de ser recordado e imitado.

NOTAS
a Ésta es una versión ampliada del artículo publicado en Ecclesia, 15 (2001) 539-562.
b Doctor en Filosofía (Roma, 2004), Licenciado en Filosofía (Buenos Aires, 1999) y Licenciado en Psicología (Buenos Aires, 1997). Director de Estudios de la Licenciatura en Psicología de la Universitat Abat Oliba CEU, Barcelona, España.

[1] Allers ha escrito su autobiografía, que fue publicada en The Book of Catholic Authors, W. Romig, Michigan, 1948.
[2] Cf. por ejemplo E. Stein, La mujer, su naturaleza y misión, Monte Carmelo, Burgos 1998, 196-197: “Porque además el ser de la persona humana es siempre un ser en el mundo y su contenido anímico está continuamente determinado, la psicología tiende necesariamente, por encima de ella, a una consideración antropológica, sociológica y cosmológica”; y a pie de página agrega: “Rudolf Allers trató esto muy agudamente en su Tratado de Psicología social como prerrequisito de una psicología sexual (Problema de pedagogía sexual editado por el Institituto Alemán para la Pedagogía Científica, Münster, 1931). Generalmente sus escritos en los últimos años muestran un avance de la Psicología individual a la Antropología.”
[3] Publicado en español con el nombre de Naturaleza y Educación del carácter, Labor, Barcelona 1950.
[4] El psicoanálisis de Freud, Buenos Aires 1958.
[5] Pedagogía sexual. Fundamentos y líneas principales analítico-existenciales, Miracle, Barcelona 1965.
[6] Cf. A. Adler, Práctica y teoría de la psicología del individuo, Paidós, Buenos Aires 1967, 28: “En la descripción será inevitable incurrir en ese error que nos está severamente prohibido en la práctica: acercarnos a la vida psíquica individual equipados de un esquema rígido, tal como lo hace la escuela de Freud.”
[7] Ib., 146: “Un criterio fundamental de nuestra Psicología del Individuo [nombre de la escuela adleriana] es considerar la conducta sexual del neurótico como parábola de su plan de vida.”
[8] Cf. E. Stein, La mujer, su naturaleza y misión, 195-197: “La psicología estructural, principalmente la tendencia que se llama psicología individual, tiene la convicción de que los hechos anímicos, los actos, las realizaciones, las propiedades individuales no pueden entenderse fuera de un conjunto dependiente anímico del que surgen, en que se desarrollan y al que ellos mismos determinan en su proceso. Así debe entregarse a la tarea de percibir, entender e interpretar esta interdependencia para comprender los hechos de unidad. [...] Puesto que la psicología individual no puede contentarse con poner un corte momentáneo a través de la vida del alma, debe aspirar a abarcarla en lo posible conforme a su desarrollo temporal, ella huye también del peligro de tomar los tipos, como siempre los encuentra, como algo fijo e inmutable. [...] Como R. Allers señala con razón, el pedagogo debe tratar de investigar lo mudable que son los tipos y hasta qué punto es posible influir en ellos. No debe detenerse demasiado pronto ante una disposición presuntamente inmutable, sino que debe investigar en cada comportamiento si hay que tomarlo como una reacción a las situaciones externas y si podría desarrollarse de otra manera en otras situaciones.”
[9] Cf. R. Dalbiez, El método psicoanalítico y la doctrina freudiana, Club de Lectores, Buenos Aires 1987.
[10] Cf. J. Maritain, “Freudismo y psicoanálisis”, en Cuatro ensayos sobre el espíritu en su condición carnal, Club de Lectores, Buenos Aires 1943. Cf. también M. F. Echavarría, “El ‘inconsciente espiritual’ y la ‘supraconsciencia del espíritu’ según Jacques Maritain”, en Sapientia 56 (2001).
[11] Cf. R. Allers, El psicoanálisis de Freud, 8: “Yo tengo la firme persuasión -y quiero hacer esto patente desde el principio- que la teoría y práctica del psicoanálisis de tal manera se compenetran que son verdaderamente inseparables. No se puede aceptar la una sin la otra. Quienquiera que desee hacer uso del método psicoanalítico no puede menos de abrazar su filosofía. Y puesto que creo que la filosofía del psicoanálisis es absolutamente errónea y que así se puede demostrar, creo también, consiguientemente, que usar sus métodos es peligroso.”
[12] Ib., 10: “Rara vez han contestado los psicoanalistas a crítica alguna y cuando lo hacen, suelen usar un método muy curioso para deshacerse de cualquier objeción. En vez de considerar los argumentos objetivos que presentan sus adversarios, se contentan con decirse a sí mismos y a los que les quieren creer, que el antagonismo al psicoanálisis se debe a los mismos factores que ya Freud había declarado activos en la naturaleza humana, y repiten que mientras uno no sea psicoanalizado es incapaz de entender y evaluar el psicoanálisis y menos aún de usarlo para estudiar la mente o tratar las enfermedades mentales. [...] Desde ahora séame permitido recalcar que lo considero absolutamente injustificado y fundado en aquellas falacias lógicas que se repiten tanto en las enseñanzas psicoanalíticas.”
[13] R. Allers, “El amor y el instinto. Estudio psicológico”, en I. Andereggen - Z. Seligmann, La psicología ante la Gracia, EDUCA, Buenos Aires 19992, 310 (originalmente publicado en Études Carmélitaines, 1936).
[14] Ib. 339.
[15] Ib. 304: “La psicología para estar a la altura de sus propios deberes se ve forzada a sobrepasar sus límites. Esto puede ser paradojal, pero es verdad. No podríamos esperar tratar bien nuestro tema, si no nos hubiéramos dispuesto a tal ‘trascendencia’ de las consideraciones puramente psicológicas.”
[16] Ib., 312.
[17] R. Allers, Reflexiones sobre la patología del conflicto, en I. Andereggen - Z. Seligmann, La psicología ente la Gracia, 298 (publicado originalmente en Études Carmélitaines 1938, 106-115).
[18] Cf. A. Adler, El carácter neurótico, Planeta-Agostini, Barcelona 1994, 15-16: “Hemos hallado que el objetivo final de toda neurosis consiste en la exaltación del sentimiento de personalidad, cuya fórmula más simple se manifiesta como una exagerada afirmación de virilidad (‘protesta viril’) [..]. La libido, la pulsión sexual y las tendencias perversas, sea cual fuere su origen, están subordinados a la misma idea directriz. La ‘voluntad de poder’ y el ‘afán de parecer’ de Nietzsche dicen en el fondo lo mismo que nuestra concepción”; ib., 80: “La línea de orientación, que en ascensión casi vertical sigue el neurótico, exige todos estos recursos y formas de vida especiales comprendidos en el concepto nada homogéneo de ‘síntoma neurótico’. Así, todo el sistema neurótico de aseguramientos puede ponerse en movimiento, inclusive en relación con puntos alejados de la realidad inmediata, y se establecen dispositivos aseguradores, barricadas, camuflajes de protección, a menudo incomprensibles, pero que siempre buscan la victoria del impulso central: de la voluntad de poder”; Práctica y teoría..., 81, nota: “La vanidad y el orgullo, se erigen en líneas directrices únicas, o casi únicas, en tanto la capacidad creadora, la lógica de la convivencia humana y la participación en el alma colectiva desaparecen”; etc.
[19] Cf. El carácter neurótico, 55: “Así, el individuo encuentra que en su medio, a su disposición, se le ofrecen como objetivo final una innúmera variedad de valores: la fuerza corporal o espiritual, la inmortalidad, la virtud, la piedad, la riqueza, la ‘moral de los amos’, el sentimiento social, la autocracia... objetivos entre los cuales cada individuo, en su peculiar afán de perfección, elige aquellos que, según su peculiar receptividad, mejor le cuadran [..]. En un momento dado, todas las fuerzas vivas, toda la energía del niño se ponen al servicio de su mundo subjetivo que, con arreglo a la ficción directriz, distorsiona en su beneficio todas las impresiones e impulsos, los placeres y displaceres, inclusive el instinto de conservación, con vistas a lograr su objetivo”; ib., 58: “A semejanza del ídolo de barro, estas abstracciones ficticias reciben de la fantasía que las engendró cualidades de vida y de fuerza que luego recobran sobre el creador”; ib., 67: “Podemos decir, pues, que el neurótico se halla bajo la influencia hipnótica de un plan de vida ficticio”; etc.
[20] El existencialismo ateo de un Sartre, por ejemplo, es visto por Allers como muy próximo a la mentalidad neurótica; cf. R. Allers, Existencialismo y psiquiatría, Buenos Aires 1963, 62: “La visión que nos da Sartre del mundo se parece bastante a la de ciertos neuróticos, especialmente en los casos de neurosis compulsivas. Su retrato del hombre suena casi verbatim, como aquel que Alfred Adler trazó de la personalidad neurótica, la del individuo que quiere ser Dios”; cf. R. Allers, “Bemerkungen über das Weltbild in anankastischen Syndromen und in der Philosophie von Jean-Paul Sartre”, en Jahrbuch für psychologie und psychotherapie (1959).
[21] Reflexiones..., 297. Sobre el tema de la soberbia en la tradición y en la psicología contemporánea, cf. M. F. Echavarría, “La soberbia y la lujuria como patologías centrales de la psique según Alfred Adler y santo Tomás de Aquino”, en I. Andereggen- Z. Seligmann, La psicología ante la Gracia, 41-162.
[22] Reflexiones..., 300.
[23] Sobre la relación entre lo que Allers llama “objetividad” y la tradicional virtud de la prudencia, cf. J. Pieper, “Sachlichkeit und Klugheit. Über das Verhältnis von moderner Charakterologie und thomistischer Ethik”, en Der Katholische Gedanke (1932) 68-81.
[24] Reflexiones..., 295.
[25] Ib., 296.
[26] El amor..., 337.
[27] Naturaleza y educación del carácter, 306; Cf. L. Jugnet, Rudolf Allers o el Anti-Freud, Buenos Aires 1952, 80: “Así como el orgullo fue el pecado original, así como en cierto modo es el objetivo último de todo pecado pasado o presente, así también oculto y privado de acceso a la consciencia, es la causa fundamental de muchas y hasta probablemente de todas las anomalías y perversiones del carácter.” El mismo Freud no puede evitar recurrir al pecado original para explicar la situación de malestar en que se encuentra el hombre; cf., por ejemplo, Totem y tabú. Según el psicólogo americano Paul Vitz, “Freud’s concept of the Oedipus complex is strong psychological evidence of the universal tendency to be as God, to sin by rebellion, and disobedience; it is a specific representation of the struggle to become an autonomus ruler of our own and others’ lives” (P. Vitz, “Christianity and Psychoanalysis, Part 1: Jesus as the Anti-Oedipus”, en Journal of Psychology and Theology, 12 (1984) 8); cf. también, “The vicissitudes of original sin: a reply to Bridgman and Carter”, ib., 17 (1989) 10: “A Christian psychology is a synthetic one in wich descriptions of psychological pathology from different frameworks can be integrated into a general picture of fallen human nature. The different pathological ways in which narcissism is expressed can be understood as the vicissitudes of original sin.”
[28] Reflexiones..., 299.
[29] El amor..., 324. Una señalación similar encontramos en la Encíclica de Juan Pablo II, Veritatis Splendor: “En efecto, mientras las ciencias humanas, como todas las ciencias experimentales, parten de un concepto empírico y estadístico de ‘normalidad’, la fe enseña que esta normalidad lleva consigo las huellas de una caída del hombre desde su condición originaria, es decir, está afectada por el pecado. Sólo la fe cristiana enseña al hombre el camino de retorno ‘al principio’ (cf. Mt 19, 8), un camino que con frecuencia es bien diverso del de la normalidad empírica.”
[30] Reflexiones..., 292.
[31] Reflexiones..., 294: “Las leyes que constituyen el orden objetivo de las cosas sensibles, como aquellas que rigen sobre el de las verdades, están dotadas de una fuerza compulsiva. El hombre no puede negarlas; le es imposible ubicar el color naranja en otro lugar que no sea entre el rojo y el amarillo. Puede deducir de una manera falsa, pero hay en él una consciencia lógica para advertirle de esta falta que, por otra parte, inmediatamente se manifiesta puesto que conduce a consecuencias contradictorias. La razón humana, después de todo, obedece a las leyes de la lógica. Sucede de otra manera en los ‘valores’. Parece que el poder que este lado de la objetividad ejerce sobre el espíritu humano es mucho más débil. Sin embargo, esto no prueba en nada que los ‘valores’ sean menos objetivos que las cosas o las verdades, sino que el espíritu humano posee el don de rechazar su consentimiento a un orden que es muy capaz de reconocer.”
[32] Reflexiones..., 293-294; 297: “Hay por otra parte un número enorme -y siempre creciente- de hombres que, incluso alentados por tal seductor, no osan rebelarse abiertamente contra Dios. Se encuentran en un estado de rebelión sorda del cual ellos mismos ignoran su existencia; muy frecuentemente, parece que aceptan plenamente la situación ontológica del hombre; se dicen humildes, devotos, sumisos a la voluntad divina, pero en el fondo de su ser hay una rebelión escondida. Sometidos a su condición humana pero carcomidos por el orgullo, quieren ser ‘igual que Dios’. Es este el estado fundamental de lo que se llama neurosis.”
[33] Naturaleza y educación del carácter, 310 (nota 1).
[34] Allers no afirma en absoluto que baste ser un simple cristiano para no ser neurótico, sino que en la vida verdaderamente santa la neurosis está totalmente superada.
[35] Naturaleza y educación del carácter, 310-311. Josef Pieper, mostrando la coincidencia de la ética tomista con las caracterologías de Adler y Allers, afirma: “Pero es de gran valor para el ético, experimentar, qué es pues lo que hace psíquicamente sano al hombre, pues pertenece a los, ciertamente tácitos, pero profundamente arraigados e indestructibles principios de nuestro saber práctico, que el hombre bueno no puede estar psíquicamente enfermo y que el hombre psíquicamente sano no puede estar pervertido (corrupto, depravado), que los caminos hacia lo bueno son al mismo tiempo los que conducen a la salud psíquica y que, lo que le hace mal al hombre, tiene que enfermarlo: que entonces, en cierto sentido, ética y caracterología (del tipo nombrado) deben confirmarse mutuamente” (J. Pieper, “Sachlichkeit und Klugheit”, 69).
[36] Cf. A. Adler, Superioridad e interés social, Fondo de Cultura Económica, México 1968, 248: “Puesto que el fracaso en la vida se debe al error, también es comprensible que ocasionalmente (en casos raros) una persona pueda librarse del error si, a pesar de él, ha permanecido fuerte en el espíritu de una comunidad ideal. En la religión esto puede suceder, como Jahn señala, a partir del contacto del yo con Dios. En la Psicología Individual durante su suave bombardeo de preguntas, la persona equivocada experimenta la gracia, la redención y el perdón por medio de su conversión en una parte del todo.” Esta postura, de la superación de la culpa a través del mero intervento humano, Adler la tiene en común con el mismo Freud y con Jung. Sin embargo, estos últimos van más allá, porque consideran al pecado como un paso dialécticamente necesario para lograr una consciencia más profunda de sí, y de la dualidad insuperable que estaría en el fondo de la realidad. A partir de estos autores, esta postura profundamente anticristiana se ha difundido ampliamente en la psicología contemporánea; cf. por ejemplo E. Fromm, El miedo a la libertad, Planeta-Agostini, Barcelona 1993, 51: “Obrar contra las órdenes de Dios significa liberarse de la coerción, emerger de la existencia inconsciente de la vida prehumana para elevarse hacia el nivel humano. Obrar contra el mandamiento de la autoridad, cometer un pecado, es, en su aspecto positivo humano, el primer acto de libertad, es decir, el primer acto humano.”
[37] Naturaleza y educación del carácter, 213-214. No sólo se debe rechazar una psicología como la de Freud, que concibe un precario individuo dividido interiormente, en lucha con el mundo y oprimido por la cultura, sino también una visión que reduce la religión a medio expresivo del individuo, sin referencia a un Dios trascendente y a la comunidad, como es el caso de Frankl, paradojalmente discípulo de Allers; cf. V. E. Frankl, La presencia ignorada de Dios, Herder, Barcelona 1988, 96: “En cierta ocasión fui entrevistado por una reportera de la revista ‘Time’. Me preguntó si nuestra tendencia natural nos aparta de la religión. Yo le respondí que nuestra tendencia no nos aparta de la religión, y sí en cambio de aquellas confesiones que no parecen tener otra cosa que hacer sino luchar entre ellas logrando así que sus propios fieles acaben por abandonarlas. Siguió preguntándome la periodista si acaso eso significaba que tarde o temprano iríamos a parar todos a una religión universal, cosa que yo negué: al contrario, dije, más bien vamos hacia una religiosidad personal, es decir, profundamente personalizada, una religiosidad a partir de la cual cada uno encontrará su lenguaje propio, personal, el más afín a su naturaleza íntima, cuando se torne a Dios”. Esta “religiosidad personal” de Frankl es perfectamente compatible con el ateísmo, como él mismo se encarga de aclarar; cf. El hombre doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia, Herder, Barcelona 1990, 271: “Lo que uno piensa en su extrema soledad -y por lo tanto, en su máxima sinceridad consigo mismo- y lo que habla en su ‘lenguaje interior’ se lo está diciendo a Dios (tibi meum loquitur); en este sentido es irrelevante que uno sea teísta o ateo, ya que en ambos casos se puede definir a Dios ‘operacionalmente’ como interlocutor de uno. El teísta sólo difiere del ateo en que no admite la hipótesis de que el interlocutor sea él mismo, sino que considera a este interlocutor como alguien que no es él mismo”. A partir de estas afirmaciones, se puede entender el carácter relativo del “sentido de la vida” (expresión ya presente en Adler) en el pensamiento de Frankl. La “responsabilidad” a la que la psicoterapia conduce al paciente, dice él mismo en un escrito juvenil, es un valor puramente formal, sin contenido objetivo; cf. Le radici della psicoterapia, LAS, Roma 2000, 129: “No se puede pensar un sistema de valores, una escala de valores, una particular concepción del mundo sin el reconocimiento de la responsabilidad como valor fundamental, como valor formal respecto a diferentes definiciones de contenido. A nosotros psicoterapeutas no interesa qué visión del mundo y de la realidad tengan nuestros pacientes, o qué valores ellos adopten; lo que es necesario es llevarlos al punto de tener una visión del mundo y de sentirse responsables de frente a los valores”. Sin negar los aspectos positivos que se pueden encontrar en la psicología de Frankl, y que en gran medida debe a Allers (él mismo, en el párrafo siguiente lo cita, diciendo que Allers definió la psicoterapia como “educación al reconocimiento de la responsabilidad”; ib. 130), es claro que en este punto ambos autores difieren. Para Allers hay un orden objetivo de valores que, sin necesidad de violencia se puede llevar al paciente a reconocer. En cambio, una visión del mundo y de los valores equivocada, porque contraria a la naturaleza humana, lleva justamente a la neurosis, como ya había entrevisto el mismo Adler.
[38] El amor..., 321-322: “Esta soledad es algo más profunda que esa sensación banal de aislamiento de la cual los hombres se quejan cuando no tienen compañía, cuando no tienen alguien que los atienda, cuando se creen incomprendidos. La soledad que aquí tenemos en cuenta es un carácter constitutivo de la existencia de la creatura y una consecuencia necesaria de su estructura ontológica. El ser racional tiene esto de particular, que su existencia y su esencia se reflejan en su consciencia. La soledad sentida es el correlato subjetivo del aislamiento ontológico.” Estos pasajes concuerdan, en modo sorprendente, con algunas enseñanzas de las Catequesis sobre el amor humano, de Juan Pablo II.
[39] El amor..., 319-320: “Examinando los hechos se observa que esta unión, da alguna satisfacción pero deja también para desear. Calma sin dudas, todas las necesidades del instinto; pero esta comunión, esta identificación de dos seres, esta voluntad de ser recibió en el otro, tal como la concibe el amor, no se encuentra. por mucho que hagan los esposos no pueden entrepenetrarse, no pueden fundirse el uno en el otro. Una barrera infranqueable los separa. Gran cantidad de gente -hombres y mujeres- se quejan del hecho de que las alegrías físicas del matrimonio no pueden, a pesar del gozo común, a pesar del abandono supremo, satisfacer el deseo de unión. Lo supremo del placer hace olvidar, por un momento, que la unión no se realiza; pero, a penas este momento pasa, cada uno de los esposos se hace consciente de su individualidad, de la imposibilidad de salir realmente de sí mismos. Si bien los esposos dicen: ‘nosotros’ en el sentido más profundo que puede hacerlo una pareja, este ‘nosotros’ es siempre un plural. Una pareja es ‘una caro’ (Mat 19, 6), jamás una persona o ens unum.
[40] El amor..., 321.
[41] F. Nietzsche, El Anticristo, Alianza, Buenos Aires 1996, 87-88: “Poner enfermo al hombre es la verdadera intención oculta de todo el sistema de procedimientos salutíferos de la Iglesia. Y la Iglesia misma -¿No es ella el manicomio católico como último ideal? [...] El momento en que una crisis religiosa se adueña de un pueblo viene caracterizado por epidemias nerviosas; [...] los estados 'supremos' que el cristianismo ha suspendido por encima de la humanidad, como valor de todos los valores, son formas epileptoides. La Iglesia ha canonizado in maiorem dei honorem únicamente a locos o a grandes estafadores.”
[42] Por eso es absurdo intentar comprender el alma de María, y mucho más de Cristo, a partir de las leyes empíricas o de teorías como la psicoanalítica, que no trascienden el estado de naturaleza caída. Sería blasfemo, por ejemplo, querer comprender la psicología de Cristo a partir de la dinámica del complejo de Edipo, como lo hace Freud en Totem y tabú, sin tener en cuenta que Cristo, por carecer absolutamente de pecado, no sólo no padeció en absoluto tal complejo, ni ningún otro, sino que en justamente a partir de su plenitud sin defecto tiene el poder de liberarnos de nuestro propios complejos; cf. P. Vitz, “Christianity and psychoanalysis...”, 7: “We propose that Christ provides the answer to the Oedipical nightmare.”
[43] Cf. R. Allers, “Aridité symptôme et aridité stade”, en Études Carmélitaines (1937) 132-153.
[44] Naturaleza y educación del carácter, 310-311.
[45] Cf. O. Brachfeld, Los sentimientos de inferioridad, Miracle, Barcelona 1959, 179-180: “Era imposible, pues, prever la reacción del sujeto ante la minusvalía, orgánica, ‘psíquica’ o ‘social’; era imposible preverla, descontarla, por imponderables; así, esa reacción era de orden moral, y no de orden físico, fisiológico o biológico, y una vez llegado a este descubrimiento, la ruptura con las ideas recibidas de sus mayores, con la ideología imperante en la medicina de sus tiempos, era total, era irremediable. [...] Es muy notable, desde luego, que Adler llegara a sus resultados por unos medios tan empíricos y tan racionalistas como los demás, como sus contrincantes y futuros enemigos; y es preciso observar que él mismo nunca se atrevió a sacar todas las consecuencias morales y filosóficas de su descubrimiento”; según este autor, “esta orientación nueva [...] permite ciertos puntos de contacto con la filosofía aristotélico-tomista.”
[46] Cf. O. Brachfeld, Los sentimientos de inferioridad, 172: “Adler, en efecto, rechazando con la misma energía que Freud los métodos hipnóticos -que recubren y encubren, en vez de descubrir-, no ha querido perderse nunca en excesivas minucias ‘analíticas’: iba siempre al grano, buscaba las grandes directrices que guían la conducta, el pensamiento, la vida afectiva de la persona. Su modo de proceder es eminentemente sintético, en vez de analítico. No en vano su Psicología ha sido considerada desde sus comienzos como una Psicagogía: una ducción, mediante la Psicología. [...] Lo que practican sus discípulos auténticos es una psicagogía.”
[47] Cf. E. Wexberg, “El tratamiento por la psicología individual”, en K. Birnbaum, Los métodos curativos psíquicos, Labor, Barcelona 1928, 197: “La comprensión de la personalidad del neurótico, la reducción de todas sus manifestaciones vitales, incluso el síntoma neurótico, a la acción de su línea directriz es la parte primera y más vasta de la psicoterapia. Su segunda parte pedagógica puede caracterizarse con la palabra ‘alentamiento’”; cf. A. Kronfeld, “Psicagogía o pedagogía terapéutica”, ib., 214: “Alfredo Adler, en su psicoterapia individual psicológica, desarrolló la psicagogía tanto en sus fundamentos como desde su aspecto práctico. ‘Curar’ y ‘formar’ son para él el mismo proceso esencial.”
[48] Cf. Naturaleza y educación del carácter, 258. Cf. Z. Seligmann, “Psicoterapia: un camino de conformidad”, en La psicología ante la Gracia, 29-39.
[49] El amor..., 338.
[50] Ib., 338-339.
[51] Cf. Naturaleza y educación del carácter, 328: “En la relación del que guía con el guiado se plantea, por primera vez, a menudo, una comunidad real, una unión de hombre a hombre, que no descansa en una comunidad de intereses ni lazos de familia, ni en una convivencia casual o una vinculación erótica, sino en los estratos más hondos de la persona, incluso en el núcleo esencial o, por lo menos, al rozar a éste de cerca, abre paso a las fuerzas morales primeras de la naturaleza humana y permite reconocer los antagonismos que en ésta inciden.”
[52] Cf. R. Allers, Pedagogía sexual, 322-323: “La filosofía escolástica, en vez de proceder como ello se ha impuesto en la era moderna y limitar todas las relaciones de causa y efecto a una única modalidad, a saber, la que reina única y exclusivamente en la naturaleza inanimada, suele discriminar entre toda una serie de tales concatenaciones. Una de ellas se denomina causa exemplaris. Sin entrar aquí en una exposición pormenorizada, podremos observar sin duda que esta forma de causación desempeña un papel importante en todas las relaciones humanas, pero muy especialmente en la educación. Una persona de mal carácter bien puede realizar una performance científica o artística, mas no podría ser un buen educador, por mucho que ella misma se esforzase en serlo. Si queremos formar un carácter debemos merecer primero que nos designen como carácter a nosotros. Nadie, desde luego, está exento de defectos; pero debemos conocer nuestras deficiencias, al igual que deberíamos saber cómo debemos ser. Si cultivamos nuestro defectos, nunca conseguiremos que nuestros hijos lleguen a ser personas con pleno valor moral, ni tampoco si con un narcisismo farisaico no queremos reconocer nuestras deficiencias.”
[53] El tema de la relación entre psicoterapia y confesión sacramental, es un tema diverso. Allers jamás los confunde, ni contrapone. Sobre este tema, cf. J. Pieper, Psychotherapie und absolution, Salvator Verlag Steinfeld, Leutesdorf am Rhein (Österreich) 1978.
[54] Naturaleza y educación del carácter, 312 (nota 1).
[55] Naturaleza y educación del carácter, 339. Esta visión responde fielmente a la enseñanza que más adelante daría Pío XII; cf. Discurso al XIII Congreso Internacional de Psicología aplicada, Roma, 10 de abril de 1958, II, 11: “No escapa a los mejores psicólogos que el empleo más hábil de los métodos existentes no llega a penetrar en la zona del psiquismo, que constituye, por así decirlo, el centro de la personalidad y permanece siempre en misterio. Llegado a este punto, el psicólogo no puede menos de reconocer con modestia los límites de sus posibilidades y respetar la individualidad del hombre sobre el que ha de pronunciar un juicio; deberá esforzarse por percibir en todo hombre el plan divino y ayudar a desarrollarse en la medida de lo posible”; ib., 5: “Cuando se considera al hombre como obra de Dios se descubren en él dos características importantes para el desarrollo y valor de la personalidad cristiana: su semejanza con Dios, que procede del acto creador, y su filiación divina en Cristo, manifestada por la revelación. En efecto, la personalidad cristiana se hace incomprensible si se olvidan estos datos, y la psicología, sobre todo la aplicada, se expone también a incomprensiones y errores si los ignora. Porque se trata de hechos reales y no imaginarios o supuestos. Que estos hechos sean conocidos por la revelación no quita nada a su autenticidad, porque la revelación pone al hombre o le sitúa en trance de sobrepasar los límites de una inteligencia limitada para abandonarse a la inteligencia infinita de Dios.”

Autor: © Martín F. Echavarría - 2004 / Fuente: © Allerslist Comentarios imprimir Imprimir