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La belleza y la alegría de ser cristiano en la educación de los jóvenes (Texto resumido-versión oral)

Luis Fernando Figari

1. Introducción

 

Quisiera empezar saludando cordialmente a todos los presentes, particularmente a las autoridades del Dicasterio. Adherirse al Señor Jesús, vivir la fe, dejarse tocar por el esplendor de la Revelación y por su belleza como apropiación existencial de la Verdad, es hoy ocasión de mayores o menores conflictos con el ambiente y a veces incluso en el seno de la propia familia. La cultura de muerte casi parece ofenderse porque su opción de cultura profana no haya logrado que se destierre totalmente a Dios y a la libertad de seguir su divino Plan en el mundo que su ingeniería está construyendo.

 

Pero los desafíos a la vida cristiana no solamente son externos. Existe una extendida inconsistencia en la fe de muchos que repercute debilitando su credibilidad para la juventud. Por lo demás, los propios problemas de identidad cristiana y eclesial en el seno del Pueblo de Dios constituyen también un antitestimonio activo y doloroso, cuyos efectos muestran ser devastadores por las características de resonancia y de globalidad de la cultura moderna. A esto se junta un fenómeno que no es nuevo pero cuyos efectos sí lo son: los hijos de este mundo son más astutos que los hijos de la luz2. Por eso, precisamente, el Señor invita a sus seguidores a despertar del letargo, a «ser astutos»3. Hoy se constata una grave inconciencia y negligencia que se traduce en ignorar la propia historia, las expresiones de la vida y del pensamiento cristiano, en especial de los últimos tres o cuatro siglos, lo que contribuye a la difusión de un mito del “progreso” de visos iluministas que encierra una dinámica de debilitamiento de la fe que afecta a muchos, particularmente a los más jóvenes.

 

2 Estas situaciones deben ser tenidas en cuenta para que al hablar de educación en la fe de la juventud no se quede uno en abstracciones y buenos propósitos. Precisamente, el Papa Benedicto XVI diagnostica que los jóvenes «se sienten fácilmente atraídos por otras cosas, por un estilo de vida bastante alejado de nuestras convicciones»4. Por ello, ante el espectáculo de un mundo que cierra los oídos al anuncio de la fe, el Santo Padre señalaba no hace mucho: «Tenéis la tarea de volver a proponer, con vuestra competencia, la belleza, la bondad y la verdad del rostro de Cristo, en quien todo hombre está llamado a reconocer sus rasgos más auténticos y originales, el modelo que hay que imitar cada vez mejor. Así pues, vuestra ardua tarea, vuestra alta misión consiste en indicar a Cristo al hombre de hoy, presentándolo como la verdadera medida de la madurez y de la plenitud humana»5. He aquí una preciosa clave que ofrece el Papa Benedicto para la educación en la fe de los jóvenes: presentarles al Señor Jesús como quien ilumina su realidad personal, sus preguntas más inquietantes, su horizonte, su despliegue como la clave definitiva para comprender el sentido de la vida, el camino para llegar a la realización personal, y a su plenitud en el encuentro definitivo con Dios6.

 

2. Presupuestos


Es sabido que todo proceso educativo presupone una idea del ser humano; tanto más la formación religiosa. «El sujeto de la educación cristiana es el hombre completo»7, decía claramente el Papa Pío XI. Y con el realismo propio de la aproximación cristiana movía a recordar que se trataba del hombre caído, con la “semejanza” herida y la falta de equilibrio en sus inclinaciones, aunque rescatado por el Señor Jesús quien le ofrece el camino de la reconciliación.

Para acercarse a la imagen del hombre completo y no a visiones mutiladas, debemos tener presente que hemos sido creados a «imagen y semejanza»8 de Dios, que llevamos los seres humanos su huella en lo profundo, y que precisamente el Verbo Eterno ha asumido la naturaleza humana en el vientre Inmaculado de María para redimirnos, para mostrarnos nuestra identidad y dar sentido a nuestras inquietudes más íntimas, impulsándonos por el sendero del despliegue personal hacia el horizonte del encuentro pleno en el Amor.


Las metas del proceso formativo en la fe han sido formuladas notablemente en la declaración Gravissimum educationis del Concilio Vaticano II9. En ella se nos dice que si bien se persigue, como es lógico en una perspectiva cristiana, la madurez que lleva a la persona a su realización, se busca sobre todo que quien ha recibido el Bautismo se haga más consciente de la fe recibida, iniciándose en el conocimiento de los contenidos del misterio de la  reconciliación, aprenda a adorar a Dios, particularmente en la liturgia, y se forme «para vivir según el hombre nuevo en justicia y santidad de verdad»10 orientándose a alcanzar la estatura del hombre perfecto, el supremo hagionormo. Igualmente, se ha de profundizar en la propia vocación, dando testimonio de la esperanza 11, contribuyendo al crecimiento de la Iglesia, «y a ayudar a la configuración cristiana del mundo »12.

 

Aproximándonos al tema desde la perspectiva de la fe de la Iglesia y del hombre completo, tenemos que será necesario conocer el misterio de la salvación y sus alcances en la personalización del ser humano (fe en la mente); será necesario adorar a Dios, adherirse vitalmente y dejarse configurar al Señor Jesús (fe en el corazón); vivir la vida cristiana, dar testimonio de la esperanza y ayudar a la transformación de la sociedad y la cultura según el divino Plan (fe en la acción).

 

3. Fe en la mente


La fe en la mente corresponde al espíritu del sujeto cognoscente. Cubre el aspecto intelectual, pero no en un sentido frío, sino vital: «conoceréis la verdad y la verdad os hará libres»13 y «por ellos me santifico a mí mismo, para que ellos también sean santificados en la verdad»14. Estas sentencias del Señor muestran un horizonte de aprehensión de la verdad que va, muchísimo más allá de un cerebralismo, a la dimensión existencial del ser humano, lo que resulta especialmente atractivo para el joven.

 

El aspecto categorial de la fe no es eludible. Más aún, «la verdad es el alma de la belleza»15. La categoría de “encuentro” o la misma perspectiva de “belleza”, a pesar de su alto valor, no lo suplantan. La Iglesia siempre ha mantenido la importancia de la formación intelectual, especialmente en el campo de la fe. Uno de los graves males de nuestro tiempo es relegar la doctrina de la fe, y por ello una comprensión inadecuada facilita su disolución al chocar con el secularismo agresivo o tantas de las otras amenazas a la fe que se dan en el mundo de hoy.

Parecería que la political correctness del mundo norteamericano ha llegado a muchos y “suena” desagradable insistir en la adhesión a la verdad. Pero la persona, y el joven en particular, son buscadores de la verdad16. Sea como fuere, una fe mal conocida será una fe mal vivida, la práctica moral será todo menos coherente y el culto será inexistente o epidérmico, como constatamos hoy a cada paso y ciertamente no sólo ni principalmente en la juventud.

 

Sin embargo, a pesar de su trascendencia, hay algunos que no consideran importante la fe en la mente. Así, podemos comprobar cómo en muchísimos campos de formación católicos se ha abandonado la formación religiosa o se la ha reemplazado por procedimientos subjetivistas, en muchos casos con un marcado sesgo emotivo y sentimental, como si la fe fuese un asunto sin importancia sobre la cual cada uno puede opinar lo que le parece o lo que su capricho le dicta.

Detrás de estos errores de perspectiva podemos encontrar un activismo o un reduccionismo, o quizá la ausencia de capacidad o de conocimiento, o la pérdida efectiva de la fe y su sustitución por sucedáneos “impactantes” o por nociones sociológicas o antropológicas de moda.

Desde el esplendor de la verdad de Dios, se descubren los auténticos dinamismos íntimos, así como los valores y claves decodificadoras que orientan y dan sentido a la actividad humana, y aun más a las interrogantes propias del joven.

 

La orientación que se debe seguir en este campo es la de proporcionar conocimientos adecuados para satisfacer el impulso de búsqueda del joven, que sería el primero de los actos de la prudencia, consiliari. Esto es consultar o hallar. Así el joven queda en condiciones de analizarlos a la luz de la recta razón, juzgando si lo hallado es apto para el fin, lo que es el segundo paso de la fórmula prudencial —iudicare—. Y si su conciencia informada así lo acepta, en la comunión de fe, hacerlos suyos quedando mejor capacitado para interpretar cristianamente su relación con Dios, consigo mismo, con los demás y con la naturaleza. En este proceso se debe colaborar con el formando para que aprenda a pensar críticamente y a desarrollar una perspectiva integral del saber humano. Juntamente se le debe iniciar en sólidos conocimientos catequéticos así como de antropología y psicología cristianas, a modo de evitar una tensión entre el desarrollo mental y su madurez, por un lado, y el contenido y proyección de su fe, por otro.

 

Durante todo el proceso de la formación cristiana se debe desarrollar una pedagogía apelante de manera que se pueda captar y mantener el interés del educando. Ello no es un asunto de artificio, sino de ahondar en la verdad, de dejarse iluminar por su esplendor y destacar del rico depósito de la fe aquellos acentos que respondan a un proceso orgánico orientado a los educandos, atendiendo su determinada realidad17.

 

4. Fe en el corazón

 

La fe en el corazón corresponde al campo de los sentimientos y la voluntad. No basta la captación cognoscitiva de la Verdad, es necesaria su asimilación vital. Debe llegar a lo profundo de la persona joven. La fe no se queda en su aspecto objetivo conceptual, sino que su dinamismo busca irradiar en la persona entera. Por la vía de la experiencia va más allá de la expansión de la Verdad, hasta experimentarse como don que en cuanto expandido suscita movimientos afectivos e incluso aparece como pulchrum fidei. Si bien es cierto que la vida cristiana es muchísimo más que meros sentimientos, la manifestación voluntaria del acto de fe no se produce sólo por la motivación intelectual, sino también por la influencia afectiva. Así, el aspecto afectivo y psicológico se manifiesta como básico e imprescindible.

 

Es de suma importancia concebir la aproximación a esta dimensión en la perspectiva de un compartir desde la propia experiencia de fe y de encuentro con el Señor Jesús, anunciándolo en primera persona como quien se ha encontrado con Él18 y le manifiesta una adhesión afectiva. El camino ideal para ello es el señalado por Cristo desde lo alto de la Cruz: «He ahí a tu madre»19. Ello abre el camino del amor filial a la Madre, mujer de la fe, llevando al Inmaculado Corazón, que está pleno de los latidos del Sacratísimo Corazón, hacia Quien conduce en una experiencia apasionante y bellísima de amorosa fe y encuentro con Jesús en lo íntimo. Con tal aproximación no sólo se vivirá la dimensión testimonial con el ardor de vivir el despliegue de la fe con toda su belleza, alegría y entusiasmo, sino también el magno asombro, que nunca ceja, de que al educar en la fe va siendo uno educado.

 

Igualmente es necesario considerar que la educación en este campo se centra, también, en la transformación de los hábitos o virtudes morales, ordenando a la persona al bien que la perfecciona como ser humano. Si la voluntad con frecuencia claudica es porque es arrastrada por las rupturas y por decodificaciones erradas de qué constituye el bien, sucumbiendo a los sucedáneos, confundiendo el ideal de la belleza, como expresión de armonía y orden en el bien y la verdad, con el propio gusto o disgusto regido por el mero subjetivismo o capricho. La maestría o ejercicio de las virtudes ayuda a encaminar la voluntad hacia el bien objetivo y a alejarla del desorden.
La adhesión a Jesús, y su seguimiento ardoroso por el camino de la fe, son dimensiones fundamentales de un encuentro vital y de una apertura tan efectiva como sólidamente afectiva a Aquel que es la respuesta plena al hambre de infinito, de bondad, de belleza, de verdad del ser humano. En todo, es indispensable tener en cuenta que el cristianismo es la religión personalizante. Se basa en la relación de la persona del sujeto con Dios, Uno y Trino. Esta relación “yo-Tú” tiene que ser destacada no sólo en el campo intelectual, sino también, y muy especialmente, en el vital.

 

5. Fe en la acción


La fe en la acción es la proyección, mediante la expresión en la vida cotidiana y el testimonio, de la fe en la mente y en el corazón. Es menester señalar que la fe en acción, en el aspecto educativo, no consiste sólo en promover el actuar, sino fundamentalmente en la creación de hábitos de recta acción y su ulterior empleo en el obrar en respuesta al Plan de Dios para la realización del ser humano en sí y en relación con los demás.

 

En este campo es fundamental referirse a la liturgia, puesto que ésta, bien conducida y entendida, produce un impacto altamente positivo en las áreas cognoscitiva y afectiva, al tiempo que es sustento y expresión de la vida cristiana, que de ella nace y a ella conduce20. Igualmente, es necesario recordar el sentido funcional diacónico que tiene el cristiano. La vida es servicio21. Este sentido diaconal debe ser remarcado y aplicado a través de la transmisión de la Buena Nueva y la transformación del mundo según el divino Plan. Ahora bien, todo el esfuerzo de la educación de la fe busca cooperar con el don de Dios a la persona que se beneficia del proceso educativo, teniendo como objeto acompañarla en su caminar de fe. En tal sentido debe expresar una reverencia por un proceso mayor, en donde la educación es sólo uno de los factores y ciertamente no el principal, por lo que el respeto real y efectivo a la libertad debe ser una de sus características, así como la no imposición de una manera de ser o hacer, sino comunicar el entusiasmo por la adhesión al Señor Jesús y lo que ésta significa en la realización integral de la persona, que incluye la dimensión comunitaria. La tarea de la activa participación en la misión de la Iglesia, contribuyendo así al Reino, es la meta unificadora que da sentido a las buenas obras, personales y sociales.

 

Conclusión

Sucintamente hemos procurado expresar algunas ideas sobre la educación de los jóvenes en la fe como respuesta a sus necesidades más profundas, a sus preocupaciones diarias, a sus dilemas existenciales y a sus horizontes, desde la luz de la verdad, la bondad y la belleza que Jesús despierta en cuantos aprenden a responder a su llamado y se abren al dinamismo de su amor y reconciliación.

 

REFERENCIAS

1 Título basado en el tema del encargo recibido del Pontificio Consejo para los Laicos, promotor y realizador del
Segundo Congreso Mundial de los Movimientos Eclesiales y Nuevas Comunidades, realizado en Rocca di Papa
(Italia), 31 de mayo al 2 de junio de 2006.
2 Ver Lc 16,8; S.S. Beato Pío IX, Apostolicae nostrae caritatis, 1/8/1854, 1; ver también San Eugenio de
Mazenod, OMI, Información, n. 439, enero 2005.
3 Ver Mt 10,16.
4 S.S. Benedicto XVI, A los sacerdotes de la diócesis de Aosta, 25/7/2005. 5 S.S. Benedicto XVI, A los miembros de las Academias Pontificias, 5/11/2005.
6 Ver S.S. Juan Pablo II, Ecclesia in America, 10.
7 S.S. Pío XI, Divini illius Magistri, 34.
8 Gén 1,26.
9 Ver Gravissimum educationis, 2.
10 Lug. cit.
11 Ver 1Pe 3,15.
12 Gravissimum educationis, lug cit.
13 Jn 8,32.
14 Jn 17,19.
15 Romano Guardini, El espíritu de la liturgia, Centre de Pastoral Litúrgica, Barcelona 1999, p. 80.
16 Ver Ecl 1,13; S.S. Juan Pablo II, Fides et ratio, 21.
17 Ver Medellín, V, 14a y VII, 13b.
18 Ver S.S. Juan Pablo II, Homilía en la Catedral de Santo Domingo durante la Misa para el clero, religiosos y seminaristas, 26/1/1979, 2.
19 Jn 19,27.
20 Ver Sacrosanctum concilium, 10.
21 Ver Gál 5,13; Mt 20,28; Mc 10,45; Lc 1,38.

 

Fuente: Synodia.org Autor: Luis Fernando Figari, Fundador del Movimiento de Vida Cristiana Comentarios imprimir Imprimir